Corriente de Opinión

[Carmen Mañana y Carmen Pérez Lanzac, periodistas. El País, España, 16 de junio de 2010]

Quienes forman parte de una red social lo saben perfectamente: miles de personas se hacen compulsivamente fans de grupos de señoras de lo más diversas. Señoras que se asustan al oír la palabra ‘pene’ pero tienen ocho hijos (13.200 fans). Señoras que dicen ‘oyoyoyoyoyoy’ cuando se enteran de un cotilleo (152.600). Señoras que llaman kibis a los kiwis (52.168)…

Quienes forman parte de una red social lo saben perfectamente: miles de personas se hacen compulsivamente fans de grupos de señoras de lo más diversas. Señoras que se asustan al oír la palabra ‘pene’ pero tienen ocho hijos (13.200 fans). Señoras que dicen ‘oyoyoyoyoyoy’ cuando se enteran de un cotilleo (152.600). Señoras que llaman kibis a los kiwis (52.168). Señoras con el pelo chafado por detrás después de la siesta (27.625). Señoras que se ponen el móvil en la oreja sin darle a la tecla de responder (2.943)…

¿No les hace gracia? Entonces seguramente tampoco entenderán el porqué del éxito de Cuore (200.000 ejemplares semanales), una revista de cotilleos que enmarca en un círculo la celulitis de las famosas y les estampa un gran ¡Argg! o en el que los perritos de las celebrities mantienen absurdas conversaciones en bocadillos estampados sobre las fotos robadas a sus dueños.

Por no hablar del fenómeno Lady Gaga, la nueva gran diva del pop, esa menuda estadounidense de 24 años estudiadamente provocadora y estrafalaria (¿unas gafas de sol compuestas de cigarrillos encendidos?, ¿un abrigo hecho con peluches de la rana Gustavo?) que ha sido elegida por la revista Time la artista más influyente de 2010, y que, para regocijo de sus seguidores, parece estar pitorreándose de todos nosotros. ¿Qué está pasando aquí?

“La gente está tan desencantada con la realidad que se lanza a los brazos del surrealismo”, opina el publicista Juan Soto. No es filosofía de barra de bar. Soto sabe de lo que habla: ha creado más de 200 grupos de Facebook, de los que casi la mitad están dedicados a los usos y costumbres de las señoras españolas. Con el que más éxito consiguió, sin embargo, estaba coprotagonizado por un señor italiano: Silvio Berlusconi. “Nada más ver en la tele que le habían agredido con una reproducción del Duomo de Milán, me metí en Facebook para poner en marcha Señoras que atizan a Berlusconi y ya había por lo menos otros cinco grupos parecidos”, explica. En solo 24 horas, consiguió 20.000 seguidores. Después, el portal le pidió que retirase su página.

¿Es esto lo que mueve ahora a la gente, las señoras que circulan por el Mercadona como si fuesen Ben-Hur (13.951 fans)? “Antes la gente dedicaba su esfuerzo a aquello que consideraba que merecía la pena”, continúa Soto. “Ahora sucede lo mismo, solo que lo que les merece la pena es algo distinto. Lo que está pasando en las redes sociales, a qué está dedicando la juventud su proactividad, es un indicador, una señal de que algo está pasando. Falta que alguien lo interprete”, concluye. El publicista resume el espíritu de su generación, los nacidos tras la muerte de Franco, en una frase: “Cada vez votamos menos y mandamos más mails de coña”.

En opinión de José Errasti, profesor de Psicología de la Universidad de Oviedo, no todos los que lean estas líneas comulgarán o captarán esta modalidad de risa: “Me da la impresión de que este tipo de humor o sarcasmo se ha convertido en una seña generacional, en un código interno de reconocimiento entre iguales que comparten un grupo de edad y una saturación de experiencias y lenguajes audiovisuales”, señala. “Esto les lleva a tomar como bandera una defensa de lo cutre no tanto por incapacidad para manejarse en universos audiovisuales más complejos como por agotamiento y hastío de dicha complejidad. Los famosos grupos de Facebook, Lady Gaga, Cuore… Son ejemplos que tienen mucho de guiños cómplices entre sus usuarios y resultan incomprensibles y alejados para las personas que no forman parte del grupo de “iniciados”.

El escritor y periodista Vicente Verdú señala la relevancia de este tipo de humor “adolescente” como forma de comunicación: “La comunicación a través del humor se ha vuelto la comunicación social por excelencia. Lo serio es insoportablemente anacrónico. Las formas toscas, bastas o grotescas de este humor -entre grosero y de patichadas- se corresponderían con la clase de gracia (parecida a las payasadas) que hace reír a una audiencia infantilizada, poco educada, maleducada y simplista. Se podría decir público ‘infantilizado’ pero, tal como están las cosas, acaso sería más preciso hablar de ‘sociedad adolescentizada’ que viene a ser el modelo de más auge y de mayor dominio en nuestros días. Fin del modelo ‘juventud’, actualidad del modelo ‘adolescente’. Además, se trataría de una liberación explosiva que se relaciona bien con el mundo compulsivo y desestructurado (en el sexo, la religión, la cultura, la familia, los valores) que caracteriza al tiempo posmoderno. Un tiempo de crisis, en sí mismo descompuesto”.

Teorías al margen, Álvaro García Bermejo, director de la mencionada revista Cuore, uno de los iconos de la tendencia, intenta explicar el porqué de este auge: “Creo que el tipo de humor que utilizamos en Cuore es la evolución del humor de este siglo. La gente espera algo sorprendente, radical y con un puntito inteligente, que sorprende y arranca una sonrisa y les hace justificar su consumo…”. “Todavía recuerdo una página en la que dos cubatas mantenían una conversación desternillante: ‘Pues a mí me ha morreado [el actor] Hugh Jackman’, decía uno de ellos”. “No sé de dónde viene este tipo de humor ni adónde va”, continúa García. “Pero está aquí, gusta y creo que mezcla bien con algo tan superfluo como las noticias del corazón”.

Sin embargo, para el psicoterapeuta Luis Muiño esta avalancha de humor surrealista y naíf es la respuesta a algo bastante más serio: al síntoma de “la cultura del miedo” que, desde hace ya unos años y según él, se ha instalado en Occidente. Según Muiño, se trataría de un mecanismo de defensa social contra esta cultura. “Es difícil tenerle miedo a algo de lo que te puedes reír”, apunta. Además, insiste, la carcajada es especialmente útil en tiempos de crisis: afloja tensiones y nos hace salir del círculo de pensamientos negativos en el que quizá nos encontremos.

El actor y humorista Millán Salcedo, pionero en esto del humor surrealista -imposible olvidarle con peluca más una rodaja de melón a la oreja, diciendo “¿Digamelónnn?”-, coincide con Muiño. “Llega un momento en el que físicamente tienes que romper. No puedes tener todo el día el morro hasta el suelo. Reír es una necesidad fisiológica”.

Burlarse de aquello que nos preocupa u oprime le quita hierro, lo pone en perspectiva. Pero también trae de nuevo el problema a nuestra mente. Un chiste sobre una hipoteca te puede arrancar una carcajada, pero cuando las comisuras de los labios vuelven a su sitio, la presión del siguiente pago reemplaza a la broma en nuestros pensamientos. Por eso, según Muiño, de todas las clases de humor que existen, el que triunfa ahora es el “más espontáneo y frívolo y menos elaborado intelectualmente”.

“La gente busca la diversión por la diversión, el hablar por hablar, sin tocar los grandes temas porque casi todos ellos están teñidos de miedo”, añade Muiño. El psicoterapeuta compara este mecanismo social con la situación que se produce minutos antes de un examen. La tensión y los nervios están a flor de piel. De repente, alguien dice una tontería y se desencadena un ataque de risa. “Esta reacción, a nivel mental, es muy buena porque libera y rebaja la presión”, continúa Muiño. “Pero para que funcione tiene que ser algo espontáneo, rápido y tontorrón”.

Este humor es el que mueve a la gente (o a parte de ella). Y aunque usted no sea usuario de Facebook o YouTube, nunca haya leído la Cuore y Lady Gaga le suene a residencia geriátrica, puede comprobar que este fenómeno existe con solo encender la televisión: cada vez hay más campañas de publicidad que reivindican el humor naíf y chorra. Piense en el spot de una cerveza en el que el botellín de Mixta se enamora de un sándwich mixto (¿lo pilla?). O en el protagonista del anuncio de Gas Natural que, convertido en cubito de hielo andante, canta “vivo en la era glacial” al ritmo de la famosa banda sonora de la serie Fama. O en el mono de la campaña de Ono, que “iba para hombre y se quedó en mono”.

“Antes las empresas buscaban atraer a la gente con campañas basadas en causas sociales o verdes, que no tocaban ideologías. Pero han dejado de hacerlo”, explica el publicista Juan Soto. “Ahora van a por la chorrada porque saben que funciona. Y funciona muchísimo mejor”.

Al menos en España. Porque, como señala Muiño, no todos los países tienen el mismo sentido del humor ni reaccionan igual ante los tiempos duros. “Este país siempre ha sido de chascarrillo, de esa cosa espontánea de los bares. Eso es lo que nos gusta”, apunta Salcedo. Mucho antes de que Internet apareciera en nuestras vidas, este actor parió junto a Josema Yuste, su compañero en Martes y Trece, a la precursora de los grupos costumbristas en Facebook. A la madre de todas las señoras. A Encarna, la de las empanadillas de Móstoles. La prueba definitiva, según Soto, de que este tipo de humor absurdo no es cosa de ahora y siempre ha funcionado en España.

El psicoterapeuta insiste en que, en tiempo de crisis, las culturas del sur de Europa buscan evadirse a través de lo fácil e intrascendente, de lo frívolo, del hablar por hablar. “Es una forma de responsabilizarnos. Es la parte más sana de cultura dionisíaca. En momentos como este”, concluye, “es mejor ser español que alemán”.

© El País, España, 2010.

[El País, España, 23 de mayo de 2010]

  • El reciclaje de ideas y muebles transforma las viviendas. Las españolas son eclécticas, cada vez menos amuebladas, pero todavía demasiado llenas. ¿Cuándo, por qué y cómo hay que cambiar una casa? ¿Ayuda la transformación del espacio doméstico a afrontar nuevas fases vitales?

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Mire a su alrededor. Observe su casa. Analícela. Pregúntese qué le cuenta cada objeto, cada mueble, cada libro. Interrógueles. ¿Qué hace esa marioneta colgando del techo? De dónde salieron los jarrones? ¿Cuántas veces compra flores? ¿Ha dejado de ver la tapicería de cretona?

Cuando haya terminado con la casa, haga un esfuerzo. Abra los armarios. No va a ser fácil. Necesita por lo menos un día para observar. Varias noches para consultar con la almohada. En ese punto sabrá cómo es su casa. El siguiente paso será pensar en su vida. ¿Qué hace a diario? ¿Dónde desayuna y cuántas veces tiene invitados? Es verdad que cuando reformaron el piso se imaginó invitando a todos sus amigos a comer cordero, pero… ¿Le gusta cocinar? ¿Por qué acumula jaboncitos de hotel?

Entender que nuestra casa es el escenario donde sucede más de la mitad de nuestra vida debería ser el primer paso para concienciarnos de cómo y cuánto el lugar donde vivimos puede afectar a nuestra existencia. Uno que compra una mesa con sobre de cristal debe darse cuenta de que se pasará toda la vida viéndose las piernas mientras come. Cuando llevaban más de treinta años juntos, el arquitecto Richard Rogers le concedió a Ruthie, su mujer, un deseo: cerrar el dormitorio. Hasta entonces, su alcoba estaba abierta a la doble altura del salón de su vivienda, en Chelsea. Veían amanecer. Se despertaban cuando alguien entraba en la sala y escuchaban las llaves en la puerta cuando alguno de sus hijos regresaba por la noche. Decidieron cambiar cuando ya estaban acostumbrados a la falta de intimidad.

¿Cuándo y por qué hay que cambiar una casa? Es importante decidirse cuando algo no compensa. Cuando la casa pierde su función de acoger y descansar. Cuando consume demasiada energía (incluida la nerviosa), cuando uno no siente su casa propia. O cuando uno quisiera tener otra vida. La casa es como el escenario en una película. No cambia el guión, pero el cambio de decorado hace posible otra historia.

Vivimos en un país que se ha enriquecido levantando edificios. Mucha gente ha tenido acceso antes al exceso que a la educación. El resultado es una suma continua que termina por restar: ayer, la juguetería en casa, y mañana, cenas de huevo duro. Si nadie nos ha dicho nunca que una buena educación es algo que jamás se pierde, aunque pierdas trabajo y hogar, vamos a contarles ahora que, también en las viviendas, lo mejor es lo que no desaparece: la luz, la ubicación, las vistas, el silencio, la cercanía de la estación de metro o las pocas calles que separan nuestro piso del parque.

Algo de eso tienen todas nuestras casas. Si no, no viviríamos en ellas. En momentos complicados, en los que nos toca aprender a lidiar con los cambios de la vida, recuerden por qué eligieron su vivienda. ¿Estaba cerca del colegio de los niños? ¿Su madre es su vecina? ¿Queda cerca de la autovía que conduce hasta su pueblo? ¿Tiene un jardín comunitario? ¿Tenía ascensor?… Hagan memoria. Recuerden qué les llevó a elegir su piso y traten de disfrutar otra vez de ese logro. Luego poténcienlo: vuelvan a asomarse al balcón, no dejen que la terraza se convierta en trastero, vuelvan a pensar en las ventajas de tener plaza de garaje, o trastero, y en la maravilla de vivir en el centro o con un pie en el campo. ¿Que la heredaron? Entonces tienen menos derecho a quejarse. En todo caso, apúntense a la reforma.

Si no puede cambiar la cocina, ¿ha probado a ordenarla? ¿Le hacen falta todos esos vasos de nocilla que ha ido acumulando durante años? ¿Todas esas sartenes? Líbrese de lo que no use: ganará espacio. Con más espacio, ganará comodidad. Empleará menos tiempo en las tareas domésticas. Y descubrirá el placer de abrir la puerta de una alacena ordenada. Tenga claro que ordenar no es ni esconder ni posponer. Se trata de elegir y descartar. La manera más económica de conseguir más metros cuadrados o nuevos armarios es deshaciéndose de lo que no necesite.

Cuando la vida se endurece en la calle y en el trabajo -o en la cola del paro-, la casa tiene que ser más refugio que nunca. Un lugar cómodo y amable: confortable. Lo confortable es lo que acompaña pero no molesta. La relación entre lo cómodo y lo mullido está obsoleta. El confort es la buena vida: la organización, algún espacio vacío, una ventana abierta, una lámpara para leer en la cama, orden en los cajones y también limpieza: una casa limpia y ventilada. Todo eso cuesta poco dinero. Pero, seguro, un gran esfuerzo. Elegir no es fácil, pero permite avanzar. Y cambiar. Cuando la comodidad vence a la apariencia, la vida resulta más fácil. En sus manos está que una casa cómoda pueda seguir siendo hermosa.

Serían muy pobres los sueños si desaparecieran cuando falta el dinero. Aunque sólo sea eso, sin blanca uno puede volver, por fin, a soñar. Así, si ya hemos averiguado que tener de todo no da la felicidad, ahora que el paro -y el parón generalizado- nos abre esta inquietante oportunidad, ¿vamos a dejar escapar la posibilidad de cambiar?

@ El País, España, 2010.

Borja Vilaseca
[Psicólogo y escritor español. El País, España, 4 de abril de 2010]

Nuestros problemas con los demás son un reflejo de nuestros conflictos internos. Mientras no apacigüemos nuestra mente y serenemos nuestro corazón, seguiremos luchando contra ‘el enemigo’ exterior.

Para saber cuál es nuestro grado de sabiduría o de ignorancia en el arte de vivir basta con verificar cuál es nuestro nivel de satisfacción o de insatisfacción en nuestras relaciones. Detengámonos un momento y visualicemos mentalmente la cara de todas aquellas personas que forman parte de nuestra vida. No se trata de juzgarlas ni criticarlas: tan sólo de observar y de experimentar lo que nos hacen sentir.

Seguramente pensemos en nuestros padres y hermanos. En nuestra pareja e hijos. En nuestros amigos y conocidos. En nuestros compañeros… Y, cómo no, en uno de nuestros grandes maestros vitales; esa persona tan empática que nos proporciona situaciones adversas con las que entrenar nuestro desarrollo personal y a la que llamamos “jefe”.

Seamos honestos: ¿hemos tenido últimamente algún rifirrafe con alguna de las personas que han aparecido en nuestros pensamientos? ¿Nos llevamos realmente bien con todas? ¿Hay alguna a la que no soportemos especialmente? Tal vez admitamos haber discutido, habernos enfadado o incluso estar hartos de alguna de ellas.

LAS RAÍCES DEL CONFLICTO

“Deja de mirar la paja en el ojo ajeno y quítate la viga que tienes en el tuyo” (Jesús de Nazaret)

Sigamos con el juego. Viajemos con la mente a nuestro puesto de trabajo. Sí, a ese extraño lugar en el que pasamos al menos ocho horas de lunes a viernes, conviviendo con desconocidos que no hemos escogido y a los que vemos más que a nuestra propia familia y a nuestros amigos más íntimos. ¿Sentimos aversión crónica o le guardamos rencor a algún miembro de nuestro equipo? ¿Estamos en paz con nuestro jefe? ¿Es posible que nos ronden pensamientos negativos sobre alguno de nuestros compañeros de trabajo?

Quizá nos saque de quicio ese colega tan victimista que siempre aparece en el momento menos oportuno, contándonos lo desafortunada que es su vida y la manía que le tiene el jefe. O tal vez aquél otro tan chistoso, que parece haberla tomado con nosotros, soltando bromas que no suelen hacernos ni pizca de gracia… Eso sí, el que más nos molesta es uno que compite agresivamente contra nosotros, tratando de dejarnos en evidencia cada vez que el jefe hace acto de presencia.

Puede que ahora mismo pensemos que no es culpa nuestra, que somos buenas personas y que hemos tenido mala suerte por tener que compartir tanto tiempo en compañía de gente tan quisquillosa e incluso nociva. Pero hemos de saber que los psicólogos afirman que estos sentimientos suelen ser recíprocos. A nosotros también se nos juzga y se nos critica, en muchas ocasiones, por quienes menos lo esperamos. ¿Hemos pensado alguna vez qué opinión tienen los demás sobre nosotros? Y sincerémonos todavía un poco más: ¿hemos barajado la posibilidad de que puede que no sean los demás, sino que en realidad la persona conflictiva seamos nosotros mismos?

EL VERDUGO ES LA VÍCTIMA

“Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo, no sea que te chamusques a ti mismo” (William Shakespeare)

Se cuenta que un niño estaba siempre malhumorado y cada día se peleaba en el patio del colegio con sus compañeros. Cuando se enfadaba, se dejaba llevar por la ira y decía y hacía cosas que herían al resto de chavales. Consciente de la situación, un día su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que discutiera o se peleara con algún compañero clavase un clavo en la puerta de su habitación.

El primer día clavó 37. Poco a poco fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira que clavar clavos en aquella puerta de madera maciza. Y en el transcurso de las semanas siguientes, el número de clavos fue disminuyendo. Finalmente llegó un día en que no entró en conflicto con ningún compañero. Había logrado serenar su actitud y su conducta. Y, contento por su hazaña, fue corriendo a decírselo a su padre, quien le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta.

Meses más tarde, el niño volvió corriendo a los brazos de su padre para decirle que ya había sacado todos los clavos. El padre lo cogió de la mano y lo llevó a la puerta de la habitación. “Te felicito, hijo”, le dijo. “Pero mira los agujeros que han quedado en la puerta. Cuando entras en conflicto con los demás y te dejas llevar por la ira, las palabras dejan cicatrices como éstas. Aunque en un primer momento no puedas verlas, las heridas verbales pueden ser tan dolorosas como las físicas. No lo olvides nunca: la ira deja señales en nuestro corazón”.

LA TIRANÍA DEL EGOCENTRISMO

“La enfermedad del ignorante es que ignora su propia ignorancia” (Amos Bronson)

Si tanto daño nos hacen los conflictos emocionales, ¿por qué criticamos y juzgamos a los demás? ¿Por qué luchamos y nos peleamos tan a menudo? ¿Por qué odiamos a otras personas? Y en definitiva, ¿por qué tenemos enemigos? Lo cierto es que llevamos a cabo todas estas conductas tan destructivas porque carecemos de la comprensión y el entrenamiento necesarios para relacionarnos de forma más eficiente con la gente que nos rodea. Prueba de ello es que solemos creer que los demás pueden herirnos emocionalmente si dicen o hacen cosas con las que no estamos de acuerdo.

Pero eso no es del todo cierto. La causa de nuestro sufrimiento emocional no está fuera, sino dentro: es nuestra reacción a lo que los demás dicen o hacen. Y esta reactividad se desencadena como consecuencia de ver e interpretar lo que nos sucede de forma egocéntrica. Es decir, queriendo que los demás se amolden a nuestros deseos, necesidades y expectativas. A este egocentrismo también se le conoce como “encarcelamiento psicológico” y es la causa última de todo nuestro malestar.

Además, debido a la reactividad y la negatividad creada por nuestras interpretaciones egocéntricas, vamos clavando clavos en nuestro corazón. Y eso nos sumerge en un círculo vicioso: cuanto más egocéntricos somos, más tristeza, ira y miedo albergamos en nuestro interior. Y a su vez, todas estas emociones negativas alimentan nuestro egocentrismo. Dicho de otra manera: nuestro estado de ánimo condiciona la percepción que tenemos de lo que nos pasa, y esta interpretación subjetiva de nuestras circunstancias condiciona nuestro estado de ánimo. Por eso llega un punto en que nuestro malestar nos impide –literalmente– establecer relaciones pacíficas y armoniosas con los demás.

DE DENTRO A FUERA

“Las verdaderas batallas se libran en el interior” (Sócrates)

Cuentan que Mahoma, acompañado de sus seguidores, llegó a una ciudad para difundir sus enseñanzas. Inmediatamente se les unió un discípulo que vivía en aquella localidad. “Maestro, en esta ciudad te van a perseguir, calumniar y demonizar”, le dijo preocupado. “Los habitantes son arrogantes y no quieren aprender nada nuevo ni diferente. Sus corazones están sepultados bajo una losa de piedra”. Mahoma asintió sonriente y le respondió con serenidad: “Tienes razón”.

Más tarde apareció otro discípulo de Mahoma que también vivía en aquella comunidad. Radiante de alegría, le dijo: “Maestro, en esta ciudad te van a acoger con los brazos abiertos. Los habitantes son humildes y están con muchas ganas de escucharte. Sus corazones están dispuestos a nutrirse con tu sabiduría”. Mahoma asintió sonriente y de nuevo afirmó: “Tienes razón”.

Incrédulo, uno de sus acompañantes se plantó delante del maestro y le preguntó: “¿Cómo puede ser que les hayas dado la razón a los dos si están diciéndote exactamente lo contrario?”. Y Mahoma, impasible, le contestó: “No vemos el mundo como es, sino como somos nosotros. Cada uno de ellos ve a los habitantes de esta ciudad según su punto de vista. ¿Por qué tendría yo que contradecirles? Uno ve lo malo y el otro ve lo bueno. ¿Dirías tú que alguno de los dos ve algo errado? No me han dicho nada que sea falso. Solamente han dicho algo incompleto”.

LA MALDAD NO EXISTE

“Ámame cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito” (proverbio chino)

Para mejorar nuestras relaciones con los demás, primero hemos de hacer las paces con el único enemigo que hemos tenido, que tenemos y que podemos seguir teniendo a lo largo de nuestra vida. Y para conocerlo basta con que nos miremos en el espejo. Al tomar consciencia de que somos cocreadores de lo que sentimos y experimentamos en nuestro interior, empezamos a asumir la responsabilidad de sanar las heridas emocionales causadas por nuestras interpretaciones y reacciones egocéntricas.

A lo largo de este proceso de autoconocimiento y desarrollo personal, también nos damos cuenta de que la maldad no existe, pues cuando somos esclavos de nuestra reactividad no somos dueños de nuestra actitud ni tampoco lo somos de nuestra conducta. Lo que sí abunda es la ignorancia de no saber quiénes somos y la inconsciencia de no querer saberlo. Y lo cierto es que cuanto más egocéntricos somos, más sufrimos. Y que cuanto más sufrimos, más problemas y conflictos tenemos con los demás.

Para arrancar de raíz nuestros conflictos emocionales hemos de aprender a aceptarnos a nosotros mismos tal como somos. Al disolver a nuestro enemigo interno por medio de la comprensión y el amor, dejamos de proyectar nuestra oscuridad hacia el exterior. Ya no necesitamos falsos enemigos con los que luchar y a los que culpar de nuestro malestar. Cuando conectamos con nuestro bienestar interno, empezamos a interpretar lo que nos sucede con más objetividad y a ver a los demás con más neutralidad. Cuando logramos apaciguar nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, comprendemos que lo que sucede es lo que es y lo que hacemos con ello es lo que somos.

Para aprender de nuestras relaciones

1. LIBRO

‘Transformar la ira en calma interior’, de Mike George (Oniro). Un ensayo muy lúcido sobre las verdaderas causas de nuestros problemas y conflictos, que tanta ira y malestar suelen generarnos. Según el autor, los enemigos los creamos y alimentamos con nuestra percepción egocéntrica de la realidad.

2. PELÍCULA

‘Crash’, de Paul Haggis. En esta película se muestra cómo en el interior de todos los seres humanos convive la luz y la oscuridad, y que nuestras relaciones humanas son un juego de espejos y proyecciones a través del cual podemos llegar a conocernos a nosotros mismos.

3. CANCIÓN

‘La danza del fuego’, del grupo Mago de Oz. Una canción que nos invita a mirar hacia dentro para encontrar el camino que nos conduce hasta nosotros mismos, aprendiendo de la ignorancia de los demás.

Cuestión de percepción

Cuentan que un experimentado conferenciante distribuyó unas hojas de papel a los miembros de su auditorio y les pidió que escribieran sus nombres y sus preguntas a fin de poder luego discutirlas y comentarlas. El procedimiento funcionó muy bien hasta que abrió una de las hojas que le habían dado y observó que en el papel plegado sólo había escrita una palabra: “¡Idiota!”. El conferenciante la leyó en voz alta sin inmutarse y se dirigió a su público: “Damas y caballeros, en las múltiples conferencias que llevo dando desde hace años, muchas personas han escrito su pregunta y han olvidado firmar con su nombre. Ésta es la primera vez que alguien firma con su nombre y olvida escribir su pregunta”.

© El País, España, 2010.

Luz Sánchez-Mellado
[Escritora y periodista española. El País, España, 4 de abril de 2010]

No son golfos, sino esclavos. Consumen sexo compulsivamente, pero disfrutan menos de lo que sufren. Puede que Tiger Woods lo sea, pero los sexoadictos reales no suelen ser ni ricos ni famosos. La insatisfacción, las carencias afectivas y las drogas están detrás de un síndrome capaz de destruir a quien lo padece.

Todo empieza con una caña. Te animas y te pules otras cuatro. Y una copita, y otra, y otra. Y alguien saca su coca, o tú la tuya. Y te haces una raya, y otra. Y te llama un colega para ir a un club, o vas tú solo. Y otra caña y otra copa y otra raya. Y te subes con una tía, y otra, y dos a la vez. Y de repente son las seis de la tarde y te das cuenta de lo que has hecho. De que llevas 30 horas desaparecido. De que tienes 40 llamadas perdidas de casa y del curro. De que te has gastado 2.000 euros en follar no sabes con quién. De que te has ido a la mierda. Y te quieres morir. Juras no volver a hacerlo, pero vuelves. Siempre es así. Y empieza con una caña”.

Arturo se calla y apura el Trina. Antes, ni ha reparado en el rictus de extrañeza del barman de esta cervecería madrileña, un veterano que seguro esperaba un pedido más potente por parte de semejante cliente un viernes a las ocho de la tarde. Porque Arturo, este agente comercial de 36 años, impone lo suyo. Hace falta mucho aplomo para llevar ese traje príncipe de Gales y esa corbata de apabullante nudo Windsor como quien lleva un pijama. Arturo puede. Exuda seguridad en sí mismo. Cuando aparece, despliega un móvil, una blackberry y un miniportátil. Viene de negociar un pedido y le quedan flecos pendientes, explica mientras acribilla los teclados. Luego cierra sus chismes, mira a los ojos y suelta la anterior parrafada. Él solo. Sin esperar preguntas. Sabe a qué ha venido. A contar su vida. Y eso hace. Sin dramatismo. Sin autocompasión. Con pelos y señales.

“Al principio eres el rey del mambo: te lo haces con tías alucinantes que te comen la oreja y vas tan ciego que te lo crees. Hasta que un día conoces el proceso, sabes que te estás destruyendo, y no puedes evitarlo. Yo mismo digo: ¿cómo he llegado a esto? No he perdido el trabajo de milagro, no me ha dejado mi novia de milagro, estoy vivo de puto milagro. Trabajo 16 horas, llevo una vida perra, el alcohol, la coca y el sexo son mis vías de escape, y bla, bla, bla, de acuerdo. Pero la culpa de lo mío es mía y el resto son excusas. Aquí donde me ves, soy un esclavo. Tengo todo controlado menos mi vida”.

Arturo es un adicto al sexo real, con un trabajo real y un problema tan real y acuciante como para pedir auxilio urgente. Hoy ha ido por primera vez a la consulta de Carlos Dulanto, un médico especializado en adicciones. Al despacho de Dulanto en la zona noble de Madrid acude más de un centenar de personas buscando ayuda para liberarse de su yugo particular. Cocainómanos. Alcohólicos. Ludópatas. Adictos a Internet. Compradores compulsivos. Y adictos al sexo. Algunos, a varias cosas o a todo a la vez. Jóvenes y maduros, profesionales y parados, gente lo bastante solvente para abonar los 80 euros de cada sesión semanal de una terapia que requiere un mínimo de un año. La mitad llegará a esa meta rehabilitada o en vías de rehabilitación. La otra abandonará el tratamiento. Todos serán adictos de por vida. La del sexo, como todas las adicciones, no se cura, dice Dulanto. Se controla o no se controla. O puedes con ella, o puede contigo.

Esa es la batalla interior que ha emprendido Arturo. Está seguro de que él formará parte del 50% que sale del pozo. “He visto la luz”, revela con la fe del converso recién caído del caballo. Por ahora tiene sólo una certeza: “No puedo permitirme coqueteos. Si pico, caigo”. Así que se autoaplica una política de tolerancia cero: cero copas, cero rayas, cero cañas. Trina -y Aquarius y Nestea y Fanta- a discreción. Lleva todo el día alternando con clientes, ha trasegado litros de agua edulcorada y tiene el estómago como una lavadora. Ahora mismo se tomaría una cañita para empezar el fin de semana. Pero no. Este es “el nuevo Arturo”. Ya lo ha dicho antes. El alcohol es el interruptor que pone en marcha su circuito vicioso. La primera medida para apagarlo es no encenderlo. Marchando otro Trina para el caballero.

El problema de Pedro es que su circuito se enciende solo. No le hace falta ni una caña. Le basta ir por la calle y cruzarse con una chica con escote. O estar en casa y ver a Pilar Rubio mover las caderas en Mira quién baila. Entonces ocurre. Se produce el clic. “Yo no me conformo con decir vaya tía buena. Ni con masturbarme en la cama. Yo me subo por las paredes y tengo que salir a desahogarme”. Pedro habla en presente, aunque lleva un año yendo al Centro de Tratamiento y Rehabilitación de Adicciones Sociales (Cetras) de Valladolid para intentar superar su adicción al sexo. Blas Bombín, psiquiatra, fundador de esta entidad benéfica que cobra a sus pacientes una tarifa plana de 10 euros mensuales, cree que Pedro “va por buen camino, poco a poco”. Pero el interesado es el primero en admitir la evidencia. “No estoy curado. Soy, si acaso, un adicto en rehabilitación. Llevo tres euros encima, pero si ahora me das 50, iría a fundírmelos a un puticlub”.

Pedro acaba de salir de trabajar. Un empleo de ocho a tres en una factoría automovilística de Palencia. Una sirena marca el fin de la jornada. Segundos después se materializa una legión de operarios al trote hacia el aparcamiento. Pedro, un hombretón moreno, viene caminando. Tenía coche, pero tuvo que venderlo. Acepta la invitación a comer, pero insiste en que sea en un modestísimo bar de menú del día. Aunque quisiera, no puede pagar. Lo de los tres euros no es una metáfora. Es la cuota diaria de los 20 que le da su madre cada semana para café y tabaco. Pedro tiene 35 años y vive con sus padres. Cobra 800 euros, pero cada mes le retiran de su cuenta 600 para amortizar las “decenas de miles” que debe por los “cuatro o cinco” créditos que ha pedido para costearse su adicción. Él mismo ha anulado sus tarjetas. Ha ordenado al banco que no le deje sacar dinero. Ha clausurado su línea ADSL para no pasarse las horas muertas merodeando por páginas porno. Pedro está en la ruina, admite, y no sólo económica.

Antes de intentar explicar qué es la adicción al sexo -si es que existe, no hay unanimidad entre los especialistas-, quizá sea mejor decir qué no lo es. Todos sabemos de personas que dicen necesitar dos, tres, cuatro descargas sexuales al día para sentirse en forma. Hombres que frecuentan prostíbulos a espaldas de sus parejas. Mujeres tan promiscuas como el más lúbrico de los varones. Salidos de ambos géneros. Pues bien, probablemente ninguno sea adicto al sexo. Puede ser, sin embargo, que a su lado en su oficina, cubierto por el manto de respetabilidad de un matrimonio y dos niños o el halo de liberalidad de un soltero sin pareja, trabaje un sexoadicto. Alguien para quien el sexo es a la vez el cielo y el infierno. Un afectado por el mal de los insaciables.

“Una cosa son las conductas sexuales no convencionales y otra la adicción al sexo”, ilustra Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología de la Universidad del País Vasco. “Consideramos convencional la práctica del sexo basada en la afectividad con una pareja única o sucesiva. Pero eso no significa que otro tipo de conductas, como la promiscuidad sin afecto o una alta actividad sexual, sean anormales o patológicas. Tampoco lo es la abstinencia. La sexualidad humana es muy diversa. Algunas prácticas nos pueden producir rechazo o juicios de valor negativos. Pero lo aberrante es mezclar criterios morales con criterios médicos: ser un golfo no es ser un adicto. Para poder hablar de una conducta psicopatológica se tiene que traspasar la línea roja”.

El adicto al sexo, según los expertos, es el que pasa varias fronteras con peajes muy concretos. Los enumera Echeburúa. Uno: que sus prácticas sexuales se conviertan en su prioridad hasta el punto de interferir negativamente en su vida cotidiana, le perjudiquen en sus relaciones personales, le creen conflictos internos y externos. Dos: que el afectado tenga la sensación de falta de control sobre sus impulsos sexuales, que se sienta dominado por ellos, que una vez llevados a cabo sienta culpa y vergüenza y aun así se sienta impelido a repetir el proceso. Y tres: que el sexo sea para él una forma de superar o aliviar una carencia, de tal forma que lo practica compulsivamente no para estar bien, sino para no estar mal.

Según esa fórmula, Arturo y Pedro son dos sexoadictos de libro. La cuestión es que esa adicción no figura en ninguno. Al menos no en la biblia mundial de psiquiatras y psicólogos. El vigente Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV) no dice una palabra al respecto. Habla por una parte de los “abusos de sustancias químicas” o drogodependencias, y por otra, de los “trastornos del control de impulsos”, entre los que incluye la ludopatía. Del sexo compulsivo, nada. Parece que el borrador de la próxima edición, el DSM-V, prevista para 2011, incluirá el síndrome, al que denomina “hipersexualidad”, bajo la calificación de “trastorno obsesivo-compulsivo”.

Nomenclatura oficial aparte, el término adicción es el más utilizado por los profesionales que tratan a los afectados. Les parece el más descriptivo para definir el problema al que se enfrentan. El primero en acuñar la expresión fue el norteamericano Patrick Carnes en su libro Out of the shadows: understanding sexual addiction (1992). “Como un alcohólico incapaz de parar de beber, los adictos al sexo son incapaces de parar su conducta sexual autodestructiva, a pesar de las rupturas familiares, los desastres financieros, la pérdida del empleo y otros riesgos que su conducta pueda acarrear”, escribe Carnes, autor de varios ensayos sobre el asunto y de un test, el SAST, que aplican los terapeutas estadounidenses para diagnosticar a los sexoadictos. Está disponible en www. sexhelp.com/sast.cfm.

Se supone que Tiger Woods cumple los requisitos, porque Carnes es el alma de la clínica Pine Grove, en Misisipi, donde el astro del golf ha invertido dos meses -y 40.000 euros- en emprender el Gentle Path (sendero progresivo), el programa de rehabilitación diseñado por él para desenganchar a sus pacientes. La abstinencia temporal de toda práctica sexual -autosatisfacción incluida-, la confesión de las infidelidades y la entonación de una oración de la serenidad cuando se sienta un “impulso inapropiado” forman parte del tratamiento. “He sido infiel. He engañado. Me confundí con el dinero y la fama. Pasé las fronteras. Creí que sería impune y podría disfrutar de las tentaciones”, musitaba hace unas semanas un cariacontecido Woods en su acto de contrición televisado a todo el planeta. Las tentaciones, que se sepa, son sus relaciones extramaritales con una docena de mujeres de bandera. Los patrocinadores que le habían retirado su confianza -y sus contratos- tomaban nota del propósito de enmienda. Quince días después, el ídolo hecho carne anunciaba su vuelta al redil. El doméstico y el deportivo.

El caso de Woods ha devuelto a la actualidad un asunto que nunca dejó de estarlo. Michael Douglas, David Duchovny, el futbolista británico George Best, el mítico Magic Johnson -cuando informó al mundo de que era seropositivo, dijo también que había copulado con miles de mujeres, 500 de ellas en el ascensor-, Colin Farrell, los presidentes Kennedy y Clinton y sus respectivas aventuras. La lista de presuntos sexoadictos célebres es larga. Guapos, ricos, poderosos, con fácil acceso a mujeres y? casados. De qué estamos hablando: ¿adicción o coartada? ¿Patología o excusa? ¿Golfos o enfermos? Esa es la difusa línea roja.

Según Carnes, el 6% de los varones y el 3% de las mujeres padecen adicción sexual. Una cifra considerada “excesiva” por los especialistas españoles. Hagamos cuentas. Tomemos el censo electoral -34 millones redondos de varones y mujeres mayores de 18 años- y dividámoslo por la mitad. Según la teoría de Carnes, alrededor de un millón de españoles y medio millón de españolas son adictos al sexo. Suelte la cifra ante sus conocidos: “Ahora se llaman adictos, ya tienen la disculpa perfecta”, es el comentario de muchas mujeres. “Me parecen pocos tíos y demasiadas tías, que me presenten a una sola”, el chiste de muchos varones. La recién publicada Encuesta Nacional de Salud Sexual es ilustrativa. Un 32% de hombres admiten haber pagado por sexo, frente a un 0,3% de mujeres. Al 45% de los varones les gustaría practicar sexo con más frecuencia, frente al 23% de las mujeres. Ni una línea acerca de la adicción sexual. De hecho, el problema que más preocupa -52%- a los encuestados en el último Informe Pfizer es la falta de deseo sexual.

Independientemente del número de afectados, el ansia de sexo provoca sufrimiento. Lo constatan cada día los psiquiatras y psicólogos que le ven la cara. Dulanto, en Madrid; Bombín, en Valladolid; Echeburúa, en Bilbao; José María Vázquez Roel (clínica Capistrano, en Mallorca) y Josep Maria Farré (Instituto Dexeus de Barcelona) son algunos de los más reputados. Sus pacientes, sumados al goteo de terapeutas en otros lugares, arrojan un total de medio millar de adictos al sexo en rehabilitación hoy en España, tirando muy por lo alto. La masturbación compulsiva, el uso incontrolado de pornografía en Internet, la contratación sistemática de servicios sexuales o la búsqueda continua e indiscriminada de contactos son sólo algunas de las formas en las que se concreta la adicción. Cada adicto es un mundo. Lo único que les une es que les gusta el sexo. Mucho. Lo que más. Como a todo el mundo, puede. “Pero la clave es la libertad”, acota Blas Bombín. “No es cuestión de tener más impulso sexual, sino de la libertad de gestionarlo. El adicto es el que ha perdido esa libertad. El esclavo del deseo”.

Pedro se ve en el retrato. “Soy un yonqui de mí mismo. Un ludópata puede huir de las tragaperras, pero yo no puedo alejarme de mí. Tengo un deseo exacerbado, quiero hacerlo dos o tres veces al día, lo necesito. Si no puedo estar con una mujer, lo hago solo. Pero tengo mono. Estoy agresivo, borde, de mala hostia, no dejo de pensar en lo otro, me lo pide la cabeza”. Se lo lleva pidiendo desde adolescente. Pedro salía a ligar y no ligaba. Los rollos ocasionales no le bastaban y sus escarceos con las chicas casi nunca duraban lo suficiente como para pasar a mayores. Un día, “a los 22 o 23 años”, se plantó en la Casa de Campo de Madrid y pagó a una prostituta un servicio completo. Con todos los extras. “Ahí caí. Flipé. Vi que quien paga, elige, y quien paga, manda”.

Empezó a tirar de efectivo y tarjeta. Así durante más de 10 años. Hasta llegar a la ruina -no sólo económica- que le llevó a la consulta de Bombín. No aspira a que se le entienda -“y menos una mujer”-, pero intenta explicarlo con un símil automovilístico. “Hay Seat León y Audi A-6. Los dos te llevan donde quieres. Pero no disfrutas igual conduciendo. Yo usaba el León a diario, pero alguna vez me daba el gustazo de alquilar un A-6 y cogía a una scort [prostituta de lujo] en Madrid”.

-A costa de endeudarse hasta las cejas, ¿por qué?

-Por evolucionar.

-¿Qué es el sexo para usted?

-La forma de desfogarme.

-¿Las mujeres?

-Lo que más me gusta del mundo; pero, por lo que se ve, yo no les gusto a ellas.

-¿Y las prostitutas?

-Profesionales que cumplen una labor social: satisfacer y consolar a tíos como yo. Pero no sólo, ¿eh? Las tías alucinarían en un club. El 90% son casados a los que su mujer no les da lo que quieren. En cantidad o en calidad, o las dos cosas.

Arturo, el agente comercial, tampoco se considera un ave rara. “En mi ambiente, lo mío es lo normal. Muchos de mis colegas, solteros y casados, con o sin novia, beben, esnifan, intentan hacérselo con quien pueden y, si no lo logran, van de putas a follar a tiro hecho. Yo era el tuerto en el país de los ciegos. Lo que pasa es que ellos controlan. Yo he caído, y ellos no”. Arturo vincula su adicción al sexo con su afición a las drogas. “Es causa-efecto”, dice. “Yo no sé si soy alcohólico, cocainómano o sexoadicto”. “Pero la caña lleva a la raya, y la raya, al polvo. Quiero a mi novia. Y ella a mí. Algo tendré, sabe que soy un putero y sigue ahí. El sexo con ella es sano y cariñoso. Pero la coca me vuelve loco. Te cambia el chip. Es un tema de morbo. El cuerpo te pide un nivel de excitación altísimo, no tienes fin. Y muchas veces para no tener lo que se entiende por gratificación sexual. Vamos, que ni siquiera te corres”.

A Carlos Dulanto le suenan ese tipo de relatos. Historias como la de Rodrigo de Santos, el ex concejal del PP en Mallorca procesado por gastar 50.000 euros de fondos públicos en prostíbulos masculinos. “Soy adicto a la cocaína y no al sexo”, dijo en su descargo el edil. Dulanto constata la “cantidad de profesionales de alto nivel” con parecido estilo de vida. Alguno ha visto en consulta. Un 30% de sus pacientes cocainómanos son sexoadictos. Él opina que las dos dependencias van de la mano. “El adicto al sexo fetén es el que se toma un chocolate con churros y luego va a un club, pero lo normal es ir de putas puesto hasta la bola de algo. A mí me vienen pidiendo ayuda por la coca, y sólo después me cuentan su problema con el sexo. Un tío que se toma cuatro whiskys y dos gramos no va a tener una erección. Entonces toma Viagra. Y empieza un crescendo que no tiene fin: cuatro o cinco chicas, sado-maso, horas y horas para nada, sólo para cargar con la losa de la culpa”.

-¿Y las cocainómanas?

-En mi experiencia, la mujer cocainómana no tiene un uso patológico del sexo. Se liberan de inhibiciones y tienden a practicar más, pero no lo relatan como un problema. Quizá porque ellas no necesitan recurrir a la prostitución. Si una mujer quiere sexo, muy mal tiene que irle para no tenerlo gratis.

Emilio Ambrosio confirma la relación coca-sexo y la desproporción -el psiquiatra Josep Maria Farré, del Instituto Dexeus, estima una incidencia de un 85% de varones y un 15% de mujeres- entre sexoadictos y sexoadictas. Catedrático de Psicobiología de la UNED, Ambrosio investiga el mecanismo de la drogodependencia. En su laboratorio, ratas cocainómanas -se autodispensan libremente su dosis en la jaula- conviven con otras que -igual de libremente- no sienten el impulso de engancharse. La cocaína dispara la dopamina, el mismo neurotransmisor que libera el deseo sexual. Cuando se administran coca, las ratas se ponen a mil.

Según Ambrosio, el sexo compulsivo es una adicción en toda regla. “Tiene que ver con los circuitos del placer y recompensa”, explica. “Las actividades necesarias para la continuidad de la especie -sexo, comida, sueño- van acompañadas de sensaciones placenteras para garantizar la supervivencia. Los adictos potenciales son especialmente sensibles a esa sensación de refuerzo. Prueban el sexo, les gusta muchísimo y quieren más y más. A fuerza de practicarlo de forma compulsiva, sufren el mismo daño cerebral que produce el consumo crónico de drogas: las neuronas de la corteza prefrontal trabajan a medio gas, necesitan de su combustible: sexo o droga para funcionar. Es cuando el adicto dice que precisa su dosis para ser persona. Tiene su razón: el daño afecta a la zona que regula la voluntad, la actividad neuronal en esa área está reducida. Desaparece el control que ejerce la corteza cerebral sobre el comportamiento y aparece la compulsión. Quieren sexo y lo van a buscar caiga quien caiga, aunque sean ellos mismos”.

-¿Y eso no les sucede a las mujeres?

-Sí, a algunas. Pero olvidamos que somos mamíferos. Los machos persiguen copular cuanto puedan para dejar sus genes en la siguiente generación. Las hembras son más conservadoras: ellas eligen, no suelen hacerlo con cualquiera. No es lo mismo ser hombre que mujer: nuestro sistema nervioso no funciona igual, el interés en tener más o menos contactos sexuales es diferente. Las mujeres, además, disfrutan más las relaciones. Ellas, normalmente, se sacian. A ellos les queda un puntito de insatisfacción, por eso suelen querer más.

Parece que eso de que ellos siempre dicen no es sólo una leyenda urbana. El problema es traspasar la línea roja. Josep Maria Farré ha dibujado un retrato robot del sexoadicto a través de sus pacientes. “Suelen ser buscadores de sensaciones. Ansiosos. Con un bajo control de sus impulsos y emociones y baja tolerancia a la frustración. El 30% son adictos a tóxicos. Otros, adictos en cadena: al juego, a la comida, al ejercicio. Un 21% están también deprimidos. Son personas con carencias graves, y el sexo es su forma de compensarlas. Usan su cuerpo y el de los demás como un objeto”.

Los tratamientos son diversos. “Cada maestrillo tiene su librillo”, dice Dulanto. Pero, en líneas generales, pasan por meses o años de psicoterapia para indagar en los problemas de fondo del sujeto y una reeducación psicológica para intentar controlar los impulsos y ligar la actividad sexual a la afectividad, los sentimientos y la pasión.

En eso están Pedro y Arturo. El palentino tuvo una recaída el pasado otoño. “Me desfasé, cambié la nómina de banco y me gasté la bonificación en chicas”. Ahora está mejor. “Tengo más autoestima. Salgo a correr, intento abrirme a la gente y a las mujeres. Yo no he tenido una educación sentimental, he ido siempre a saco. Soy como un niño pequeño con tres euros en el bolsillo aprendiendo a vivir. Tengo que expulsar al Pedro que he llevado 35 años dentro. Imagino que saldré de esto cuando encuentre a alguien que me quiera y a quien quiera. No es fácil, pero lo estoy intentando”.

Arturo no contesta los correos electrónicos, ni los SMS, ni las llamadas perdidas. Imposible pensar que un tipo permanentemente conectado como él no los haya visto. El día del Trina estaba caliente, recién salido de su primera terapia. Animado por la euforia del principiante, se abrió en canal. Quizá ahora se arrepienta. Dulanto da fe de que sigue acudiendo a consulta. Su batalla continúa. Progresa adecuadamente. “A veces hace falta tocar fondo para empezar a emerger. Este chico tiene buen pronóstico, recursos y apoyo familiar. Saldrá de esto”.

© El País, España, 2010.

John Carlin
[Periodista británico, autor de El factor Humano, inspirado en los retos del gobierno de Nelson Mandela. El País, España, 22 de marzo de 2010]

‘Vacas locas’, gripe porcina, alimentos transgénicos, tabaquismo, terrorismo de Al Qaeda… Las acomodadas sociedades occidentales viven estremecidas por sustos continuos, con frecuencia más virtuales que reales

Es concebible, aunque poco probable, que haya habido otra época en la que las vacas, los pájaros y los cerdos hayan sido motivo de tanta alarma para tanta gente como en la primera década del siglo XXI. Lo que no es posible es que se haya generado más ruido, o tomado más medidas defensivas, que hoy en torno a los riesgos asociados con estas tres especies.

La llamada enfermedad de las vacas locas, la gripe aviar y la gripe porcina han generado un grado de histeria colectiva y de gasto económico en vasta desproporción a su peligro real. Vemos la misma patología de miedo, junto a su hermano gemelo, una obsesiva aversión al riesgo, en todos los terrenos de la vida contemporánea. El terrorismo global, los teléfonos móviles, los fumadores pasivos, el alcohol, los pedófilos, el cambio climático, el islam, la comida transgénica, la contaminación ambiental, la velocidad en las carreteras, representan algunos de la infinidad de pretextos que nos buscamos para poder disfrutar del perverso placer que despierta el vivir nuestra breve estancia en la Tierra en un estado de casi permanente ansiedad. A esto se suma la creencia implícita de que si uno arma las defensas de manera eficaz, si existe un buen plan, los peligros se pueden evitar.

Esta tendencia a la paranoia y a creer en la fantasía de que podemos controlar nuestros destinos suelen tener su origen en Estados Unidos o en los países del norte de Europa, pero, como motivados por un antiguo e insuperable trauma, por una triste necesidad, quizá, de sentirse plenamente “modernos” y “europeos”, los gobernantes españoles se suman a ella con entusiasmo. José María Aznar, paradigma del españolito acomplejado frente a los gigantes anglosajones, se comió lo de las vacas locas, y con patatas. El susto se originó en el Reino Unido. “Millones van a morir”, chillaban los titulares, con lo cual exterminaron, por las dudas, a cinco millones de reses. El entonces presidente del Gobierno español dijo que, con la excepción de la locura del País Vasco, ésta era la crisis más grave que amenazaba a España. Sus palabras resultaron ser proféticas: el consumo español de carne bajó al 30% y los ganaderos vivieron una pesadilla. En el Reino Unido murieron más ganaderos a causa del suicidio que de la tan temida enfermedad cerebral.

Hoy, el Gobierno quiere replicar en España el ilimitado terror al tabaco que consume a los británicos, alemanes, escandinavos, estadounidenses. No satisfechos con haber (muy responsablemente) advertido a la ciudadanía sobre los peligros que representan los cigarrillos para la salud, ahora van a prohibir fumar en todos los bares y restaurantes del país. El posible suicidio, o al menos la muerte económica, de una buena parte de los dueños de los bares y restaurantes no es un factor que se tome en cuenta.

Los generadores del miedo suelen tener buenas intenciones. Como en el caso del tabaco. O el de las frutas y los vegetales transgénicos, cuyo impacto sobre la salud, dicen algunos sin saber a ciencia cierta si es verdad, va a ser desastroso. O el de los teléfonos móviles y el supuesto riesgo que su repetido uso puede tener en la incidencia de cáncer cerebral. O el miedo a que si los musulmanes siguen emigrando a Europa, los habitantes del continente se despierten un día de aquí a 30 años y descubran que están viviendo bajo la sharia. O (una tesis más arraigada) la de los peligros del cambio climático.

John Adams, profesor emérito de University College London, ha dedicado su vida a estudiar el fenómeno del riesgo y a asesorar a Gobiernos y empresas sobre el tema. Adams distingue entre riesgos concretos, visibles, palpables -“¿cruzó la calle antes de que llegue ese autobús?”- y lo que él llama “riesgos virtuales”. Un riesgo virtual no es medible o visible, según la definición de Adams: “Los científicos no están de acuerdo. No existen pruebas demostrables”. En una reunión que Adams tuvo recientemente con un grupo de psiquiatras, uno de ellos postuló que se definiese una nueva enfermedad con el nombre de “Compulsive Risk Assessment Psychosis” (psicosis de evaluación de riesgo compulsivo), cuyas siglas en inglés serían CRAP, que significa “mierda”. “La verdad es que esta enfermedad abunda y crece cada día”, dice Adams, que sostiene: “Existe el peligro de caer en una actitud absolutamente desproporcionada en cuanto a los riesgos que conlleva una vida normal”.

Para Adams, el tema del cambio climático, que penetra la vida normal de la gente más y más, cae dentro de la definición de riesgo virtual, ya que no existe consenso científico sobre la cuestión crucial del papel del hombre en el calentamiento planetario. Con lo cual, dice Adams, “para los que no son científicos nucleares o epidemiólogos o expertos sobre el medio ambiente, acaba siendo una cuestión no de verdad objetiva, sino de lo que uno cree”. Por eso, el debate sobre el tema adquiere tonalidades más políticas, o religiosas, que científicas.

Tal es la desesperación por persuadir y la dificultad en explicar, que aquellos que se han convencido del papel del hombre en el cambio climático recurren al alarmismo; se ven obligados a utilizar adjetivos como “catastrófico”, “irreversible” y “caótico” al advertir sobre la hecatombe que nos espera. Como se ha visto en las últimas semanas, los científicos responsables del informe oficial de Naciones Unidas sobre el tema no pudieron resistir la tentación de inflar los datos a favor de su tesis. El propio Al Gore, en su celebre documental titulado Una verdad incómoda, cayó en varios errores, en todos los casos destinados a incrementar la alarma general. Uno de ellos fue que el deshielo en la zona de Groenlandia haría subir el nivel del mar en seis metros “en un futuro cercano”, cuando el consenso científico es que esto no podría ocurrir hasta pasados más de mil años.

Lo notable de la época en la que vivimos, independientemente de si el riesgo es virtual o real, de si Al Gore tiene razón o no, es la predisposición de la gente a creerse lo peor. Al Qaeda ha sabido sacarle provecho. Un confuso hijo de papá nigeriano hace un patético intento de hacer estallar un avión con una bomba en los calzoncillos y, de repente, se contempla la posibilidad de instalar máquinas en los aeropuertos que permitirán a los agentes de seguridad someter a escrutinio nuestras zonas erógenas. Toda una victoria para Al Qaeda, una banda de fanáticos que está en declive pero que logra un impacto sobre la mente colectiva occidental admirablemente desproporcionada si se considera la capacidad real que tiene para matar a infieles. Osama Bin Laden, que será un loco pero no es tonto, dijo en una entrevista en 2001 que los medios “implantan el miedo y la desazón en los pueblos de Europa y Estados Unidos”. Bin Laden agradece, por supuesto, que esto sea así. Si existiera más cordura y sensatez en Europa y Estados Unidos la propaganda del terror de Al Qaeda no sólo pasaría bastante más inadvertida, sino que la guerra de Irak seguramente se podría haber evitado.

¿De dónde procede esta propensión al miedo? Adams cree que de la prosperidad. En el Congo y Bangladesh existen demasiados riesgos inmediatos como para darse el lujo de preocuparse por los riesgos virtuales también. La prosperidad de Occidente, la victoria que se ha logrado sobre las penurias materiales de la vida, también genera la noción de que el destino humano se puede controlar, que si uno se prepara bien y hace buenos planes, evitará el sufrimiento; evitará, incluso, la muerte misma.

De todos modos, agrega Adams, un señor sereno y risueño, la obsesión por evitar el riesgo es una enfermedad en la que no todos tienen que caer. El individuo puede elegir sucumbir o no al bombardeo de emisiones CRAP. El pesimista tomará la actitud de que “si no se puede comprobar que es seguro, supondré que es peligroso”; el optimista, que “si no se puede comprobar que es peligroso, supondré que es seguro”.

El optimista, reconciliado a la terrible verdad de que la vida es corta, se encomienda a la suerte o, si es creyente, a Dios. A propósito de lo cual, Woody Allen hizo una vez una pregunta: “¿Cómo haces reír a Dios?”. Respuesta: “Contándole tus planes”.

© El País, España, 2010.

Jenny Moix
[Psicóloga. El País, España, 21 de marzo de 2010]

¿Buscamos estar permanentemente activos para no aburrirnos o para no enfrentarnos a nuestros vacíos? Cambiar la mirada y seguir siendo curiosos es el mejor antídoto.

María Rosario Endrinal era una mujer coqueta y apasionada que trabajaba como secretaria de alta dirección.

Casada y con una hija. El amor por otro hombre entró de repente en su vida y la cambió trágicamente. Tanto que acabó siendo una indigente que maldormía por las noches en un cajero automático. Una fría noche de diciembre en 2005, a sus 50 años, la vida le pegó un último golpe atroz. Mientras se encontraba en “su cajero”, tres jóvenes, etiquetados hasta entonces de “normales”, la rociaron con 25 litros de disolvente para prenderle fuego. Y toda esta brutalidad, gratuitamente, sin ningún motivo. ¿Habría pasado lo mismo si esos chicos no hubieran estado aburridos?

Los peligros que acechan

“El aburrimiento es la explicación principal de por qué la historia está tan llena de atrocidad” (Fernando Savater)

Ésta es sólo una historia en la que el aburrimiento puede haber desempeñado un papel crucial, pero existen otras muchas. En buena parte de los tiroteos que se producen en Estados Unidos parece que el tedio también ha colaborado.

El aburrimiento es además uno de los trampolines hacia la droga. Por eso, muchas de las campañas de prevención se basan en conseguir que los jóvenes cosechen diversiones que los aparten de la adicción. Recordemos la campaña de la Federación de Ayuda contra la Droga (FAD) de 1995: “Hay un montón de razones para decir no a las drogas”, y en el anuncio se enumeraban un sinfín: la música, los amigos, el cine, el campo…

Dentro de la psicología existen emociones muy estudiadas, como la ansiedad, la tristeza y la ira. En comparación, del aburrimiento existen pocas investigaciones. Parece que, como muy acertadamente apunta José Antonio Marina, sea una emoción menor, casi confortable, de lenta tarde de domingo, pero no nos dejemos engañar por esa cara amable. Poca broma con el aburrimiento.

Atrocidades aparte, en la vida cotidiana también somos capaces de apuntarnos a un bombardeo con tal de no aburrirnos. Así que somos capaces de sumarnos a un plan que no nos atrae en absoluto con tal de alejar cualquier posibilidad de que la inactividad asome la nariz.

Fijémonos en otro fenómeno. Existen personas que parecen empalmar una pareja con otra. Difícil pensar que se debe a que se enamoran de verdad constantemente. Seguro que la encadenación de parejas puede explicarse de varias formas y no se debe a lo mismo en cada caso. Pero ya que hablamos del aburrimiento, ¿no puede ser un ingrediente de este plato? Parece que estas personas huyeran constantemente de algo, ¿de la soledad? ¿Si no se sintieran aburridas cuando están solas consigo mismas, huirían tanto?

¿Por qué le tememos?

“El hombre moderno teme aburrirse y se encuentra amenazado por el tedio” (José Antonio Marina)

El aburrimiento a veces nos brinda la ocasión de ver con más nitidez nuestros pozos. Por eso, cuanto más hondos son, más miedo nos da aburrirnos. Recuerdo una conversación con una amiga mía que hace algunos meses se divorció. Me contaba que al principio necesitaba estar con mucha gente, salir constantemente y no parar porque de lo contrario se le caía la casa encima. Sin embargo, ahora afirma: “Soy capaz de estar en casa arreglando cajones de un armario ¡y estar tan a gusto!”. Este ejemplo nos puede llevar a dos conclusiones: que la actividad la podemos utilizar como un refugio cuando estamos mal y que no son sinónimos el aburrimiento y el “no hacer nada”. Una persona puede estar sin hacer nada y disfrutar de la paz y la tranquilidad del sosiego.

Si realizamos un pequeño sondeo y preguntamos a un grupo de conocidos sobre su aburrimiento, casi seguro que nos encontraremos a más de uno que nos asegurará no aburrirse nunca e incluso nos confesará su asombro de que haya individuos que puedan aburrirse en este mundo. Entonces, ¿de qué depende?

El vacío existencial

“La gente vive en un vacío existencial que se manifiesta sobre todo en el aburrimiento” (Viktor Frankl)

Según Viktor Frankl, el aburrimiento puede ser consecuencia de un vacío existencial. Si no encontramos sentido a nuestras vidas, fácilmente podemos caer en el hastío. El hombre existencialmente frustrado no sabe cómo llenar el tiempo, ni encuentra sentido en el disfrute de lo que nos ofrece la vida. De hecho, el aburrimiento es uno de los síntomas de la depresión. Ese tedio, esa falta de interés, provoca que las personas deprimidas en general cada vez se muestren más inactivas. Y la inactividad, cuando no estamos bien con nosotros mismos, puede ser una trampa, porque empiezan a aparecer pensamientos no muy gratos sobre el futuro y sobre nosotros mismos. Por eso en muchas terapias, uno de los elementos consiste en animar, casi forzar, al paciente a que realice actividades, aunque en un principio no tenga ni ganas, ni le produzcan mucha satisfacción.

Las expectativas

“No hay reposo más grande que el de no esperar nada” (Amado Nervo)

El aburrimiento es característico de las sociedades más ricas. La oferta de ocio es inabarcable. Y divertirnos es casi una obligación. Así que si nos quedamos en casa, aunque podríamos disfrutar de la calma, en el fondo la presión social nos puede hacer sentir un poco fracasados porque no nos lo montamos tan bien como podríamos. Más que aburridos, aquí el sentimiento se puede confundir con el de fracaso.

A ello le tenemos que sumar las jugadas sucias de nuestra imaginación. Solemos imaginarnos a los demás de fiesta constante mientras nosotros estamos simplemente en el sofá leyendo una revista. Este sentimiento de que podríamos estar mucho más divertidos de lo que estamos es debido también a que hemos visto demasiadas películas. En los filmes, todo es excitante y estimulante al máximo, y a su lado, nuestro domingo apaciguado nos puede parecer de lo más insulso.

La actitud

“El aburrimiento es la suprema expresión de la indiferencia” (René Trossero)

Así, el sentido que le damos a la vida y lo que esperamos de ella pueden ser dos factores que diferencien a las personas que se encuentran en general aburridas de las que desconocen lo que es el aburrimiento. Otra diferencia clave entre estos dos extremos es la actitud.

Para interesarnos sobre las cosas, hemos de aprender a cambiar nuestra mirada. En una ocasión, una amiga mía historiadora me invitó a ir con ella a visitar unos restos arqueológicos. Sinceramente, cuando llegué allí no vi más que unas cuantas piedras acompañadas de algunos huesos fosilizados desperdigados que no me decían nada. Entonces llegó la arqueóloga y mientras miraba aquellos restos empezó a explicar cómo, por la colocación, la medida, el tipo de huesos, sabían que se trataba de una madre con su hijo recién nacido y a partir de aquí me hizo entrar en una historia que me transportó a tiempos remotos. Cambió mi mirada y disfruté.

Shimai y sus colaboradores especialistas en psicología positiva realizaron un estudio con una muestra de 1.407 personas, querían analizar qué virtudes humanas se encontraban más relacionadas con la felicidad. Sus resultados apuntaron que la curiosidad y el interés son unas de las más ligadas al gozo de la vida. Así que para no aburrirnos debemos intentar cultivar estas cualidades.

La actividad

“Si de pronto se descompusieran todos los televisores del mundo, no habría escalas para medir los maremotos de aburrimiento” (Manuel Campo Vidal)

Está claro que la actitud es un elemento esencial, pero también lo es la actividad en la que nos enfrasquemos. A veces, por simple pereza o por rutina, nos sentamos ante el televisor a matar el tiempo. Lo chocante es que quizá algunas de las personas que están en el sofá tengan una lista de actividades que afirman querer realizar cuando se jubilen. ¿A qué esperan? Los humanos somos así de incomprensibles, podemos asegurar que nos interesa mucho la astronomía, por ejemplo, pero no acercarnos a un telescopio ni por casualidad. Es como si nuestros intereses los hubiéramos colocado en el mundo de las ideas de Platón, fuera de nuestra vida cotidiana.

En nuestro cerebro también parece como si existiera una caja etiquetada “para una ocasión especial” y allí vamos guardando actividades que nunca nos decidimos a realizar. Y siguiendo con las peculiaridades de nuestra especie, esta caja puede convivir perfectamente con un comentario que soltamos con contundencia cuando se nos muere algún ser cercano: “hoy estamos aquí y mañana no, tenemos que vivir al día”. Realmente, los sapiens somos intrigantes y sorprendentes.

Esto es la vida

Deberíamos hacer caso de la advertencia de Oscar Wilde: “Esto no es un ensayo general, señores; esto es la vida”.

1. PELíCULAS

Lost in translation’, de Sofia Coppola.

‘Náufrago’, de Robert Zemeckis.

Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis.

2. LIBROS

La conciencia trágica en Fernando Savater y José Antonio Marina’, de Fernando Susaeta. Ediciones Idea, 2006.

La inteligencia fracasada’, de José Antonio Marina. Anagrama, 2004.

© El País, España, 2010.

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¿Qué es CO?

Una corriente de opinión es una visión compartida. Es una forma de entender la realidad nacional e internaciona, que suma las diferencias para generar, en las grandes coincidencias que genera la preocupación por generar propuestas para dar paso a la solución de los problemas que afectan a una coyuntura en la que prevalecen la polarización y la confrontación. Buscamos propiciar el dialogo y, sí, el debate sobre problemas, casuas y consecuencias, para encontrar opciones que consensos y sumen voluntades. Es, en resumen, un espacio de propuesta y de compromiso con México.
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